sábado 17 de diciembre de 2011







Recuerdo a todos ir corriendo hasta la punta del corredor externo de la casona. Mis primos, mis hermanos y yo. Apenas recuerdo, en cambio, las conversaciones. Era el típico aire de Navidad, de fin de año. El Orión dominando el cielo, intentando cazar tal vez al lupus o a lepus.

Mi abuelo siempre compraba esos focos amarillos que contrarrestaban las molestias de los bichos en los corredores. Estaban como pintados de amarillo o naranja, mate. En Misiones los insectos son insoportables en verano. Polillas, mariposas, escarabajos y por supuesto las incansables chicharras o cigarras. Es que si no estaban era como si el verano no hubiera llegado.

La casona de mis abuelos estaba en el medio "del monte" como decimos por allá, pero con la ventaja de estar a metros de la Ruta 6 que pasa por San Antonio y llega hasta Corpus. Justo en una gran bajada. La entrada era inconfundible, unos cipreses, eucaliptos y las siempre bien recortadas azaleas, que como una herradura magenta, bordaban la entrada con flores rosadas en Agosto.

Pero esta vez, era Diciembre, Navidad. Habíamos comido afuera, en el corredor de atrás de la casa, que daba al parral de uvas. Ahí nomas estaba del lavadero donde mi abuela dejaba los fuentones de metal enlozado. Todo ahí era un mezcla de aromas... jabón común, uvas blancas y el perfume de las rosas que llegaban del costado de la casa, donde Doña Florentina tenía sus flores más mimadas.

El arroyo estaba a unos pocos metros, cerca del pozo. Por lo tanto, el ambiente era siempre fresco o frío, incluso en verano.

Recuerdo bajar del Falcon y pisar el suelo cubierto de esos musgos verdes aterciopelados que invadían la entrada hasta los cinco o siete escalones color rosa que llevaban al corredor y la puerta principal. Siempre tuve la impresión, en mi mente, de que la casa era sólo una excusa, para tener un tremendo jardín. Era de película, indescriptible... interminable. Arboles frutales, los gladíolos seguían campo adentro haciendo que todo, todo fuera un gran vergel. Y si llovía con viento del Norte o del Este el sabor a eucaliptos mojados que traía el viento era incomparable. Me gustaba ver a los eucaliptos después de la lluvia, mudando su piel blanca por unas manchas color naranja vivo, como si estuvieran ardiendo.
La casa por dentro era como estar en Polonia o Rusia. El arbolito de Navidad de mi abuela era de los que ya no hay. Muy europeo, tremendo en altura. Y lleno de adornos super delicados, los tesoros de mi abuela. Si uno se caía había que... ¡salir corriendo! Es que eran del material del que ahora se hacen los termos. Una especie de vidrio delgado y brillante. Estaban decorados tan delicadamente que era una delicia mirarlos.

La luz afuera esa noche era tenue, mérito de los focos del abuelo. Los más chicos comíamos en una mesita aparte, siempre. La comida sobreabundaba, todas recetas para lugares fríos, parte de la costumbre europea, supongo. Después los cohetes y las estrellitas. Las conversaciones de grandes. Ir a jugar al patio y conocerse todos los rincones, aún de noche, hasta el lugar prohibido: el galpón. Entré sólo unas pocas veces ahí y sólo si iba Don Ricardo adelante.

Después de un rato, nos juntamos en la cocina, que era chiquita, pero tenía ese "no se qué" una calidez especial... un aromita a pan casero, a la ricota escurriéndose en las telas, al agua de la naciente que se traía para tomar, en un baldecito de metal. A veces tenía pescaditos dentro y por supuesto el jarrito para poder tomarla. Siempre tenía aroma a arroyo, a verde. Creo que eso daba más ganas de tomarla.

¿Donde estaba? Ah, si... esa noche corrimos todos al extremo del corredor donde había un pequeño ciprés y una planta con flores rojas en forma de campanitas. La luz amarilla se escurría por todos los pasillos de baldosas cadmio. La noche parecía resaltar detrás, del patio. Altanera, haciéndose más oscura. Dulce era el aire, sí lo recuerdo. Ruido a monte, a bichos de todo tipo. Y ahí estábamos todos a esa esquinita como descubriendo un tesoro. Todos corriendo a ver "la estrella de Navidad"... Venus, siempre gigante y brillante en Diciembre.


Feliz Navidad al que lea! Compartamos en familia o con quien podamos... eso es lo que queda de estas fechas, no lo material sino los lindos momentos. Que la paz y el amor de Dios llenen nuestros hogares. Y gracias por leer, sólo quería compartir un recuerdo difuso que tenía. Buen año gente!

Dibujo y texto: Lourdes Natalia Zacarías